La desgastada huella de carbono

La huella de carbono se convirtió en uno de los conceptos más exitosos de la conversación climática moderna. Durante años, el mensaje fue claro: apagar las luces, reciclar, usar menos plástico, comer menos carne, manejar menos. El futuro climático del planeta parecía depender, sobre todo, de las decisiones individuales de millones de personas.

El recién publicado informe People and Climate Change 2026 de Ipsos muestra un cambio importante en esa percepción. Entre 2021 y 2026, los países analizados registraron descensos en la cantidad de personas que creen que si los individuos no actúan ahora, le fallarán a las futuras generaciones.

Colombia aparece entre los países donde más cayó esa percepción. Eso no significa que los colombianos no creamos en el cambio climático, sino que empezamos a cuestionar el peso que se nos trasladó como individuos dentro de una crisis donde existen actores con mayores cuotas de responsabilidad y capacidad de acción.

De hecho, el 61% de las personas todavía afirma que no actuar contra el cambio climático sería fallarle a las futuras generaciones. Además, en 29 de los 31 países analizados, la mayoría rechaza la idea de que ya es demasiado tarde para hacer algo frente al cambio climático. Es decir, la preocupación sigue ahí y todavía existe margen de acción en la percepción ciudadana, pero no es una culpa que deba asumir el individuo.

El informe también dice que el 74% está preocupado por el aumento de los precios de la energía y el 50% considera que los gobiernos deberían priorizar mantener bajos los costos energéticos, incluso si aumentan las emisiones. Entonces la conversación climática dejó de ser solamente ambiental para ser económica, geopolítica y social.

La guerra, la inflación y la incertidumbre energética cambiaron las prioridades de millones de personas. El 63% de los encuestados cree que su país depende demasiado de fuentes extranjeras de energía. Al mismo tiempo, apenas el 27% considera que su país es un líder real en la lucha contra el cambio climático. 

Todo esto para concluir que la huella de carbono empieza a mostrar sus límites. Durante años se construyó una narrativa en la que el ciudadano debía cargar buena parte de la responsabilidad moral del problema mientras los sistemas energéticos, industriales y políticos avanzaban mucho más lento. Se individualizó una crisis colectiva y la realidad es más compleja, mostrándonos que la transición energética depende de infraestructura, seguridad energética, innovación tecnológica, inversión pública, estabilidad política y confianza institucional.

Las cifras nos deben replantear cómo comunicamos la transición energética. Las personas no responden igual a discursos abstractos sobre carbono neutralidad o metas al 2050 cuando sienten presión por el costo de vida, las tarifas eléctricas o el precio del combustible. El mismo informe concluye que los consumidores reaccionan más a mensajes asociados con beneficios inmediatos y humanos (ahorro, salud, seguridad energética o estabilidad) que a narrativas técnicas o de culpa.

La discusión climática es más pragmática. La gente sigue preocupada por el planeta y todavía cree que hay tiempo para actuar, pero lo que cambió fue la manera en como se entiende la responsabilidad. La transición energética ya no puede presentarse únicamente como una suma de sacrificios individuales, sino como un proyecto colectivo, creíble y capaz de distribuir mejor los costos y las responsabilidades del cambio.

Santa Marta y la transición energética

Mientras en Santa Marta más de 50 países se reúnen en la Conferencia Internacional para la Transición de los Combustibles Fósiles, hay una realidad incómoda que atraviesa toda la conversación: lo que los gobiernos dicen y lo que realmente financian no siempre coincide.

Se habla de transición energética, de descarbonización, de energías limpias y de independencia energética. De hecho, como se ha repetido en el evento, muchos países están en un punto de quiebre: o aceleran la transición o siguen expuestos a choques de precios y vulnerabilidad energética. Sin embargo, uno mira los números y la historia es más compleja.

A nivel global, en 2024, los gobiernos destinaron más de USD 1,2 trillones en apoyo a los combustibles fósiles, frente a cerca de USD 254 mil millones dirigidos a energías limpias. Es decir, el sistema que se quiere transformar sigue siendo, en la práctica, el que más respaldo recibe.

Esto no es simplemente una incoherencia, sino un reflejo de cómo funcionan realmente los sistemas energéticos. Cuando hay presión sobre precios o riesgos de abastecimiento, los gobiernos reaccionan. Subsidian, estabilizan, aseguran oferta. No hacerlo tendría costos inmediatos. El problema no es ese reflejo. El problema es que esa respuesta no siempre viene acompañada de una estrategia clara sobre cómo se va a transformar el sistema en el tiempo.

Ahí es donde la conversación sobre roadmaps, que ha tomado protagonismo en la conferencia de Santa Marta, cobra sentido. Estos planes no son un detalle técnico: son los que le dan dirección al proceso, permiten alinear expectativas y reducen la incertidumbre para gobiernos, inversionistas y comunidades.

Sin esa secuencia, lo que se tiene no es una transición, sino una suma de decisiones reactivas. Eso importa más de lo que parece, porque cuando las señales son confusas, la inversión se frena, las decisiones se postergan y el sistema se vuelve más vulnerable. Terminas con lo peor de ambos mundos: ni transformas el sistema al ritmo que necesitas, ni garantizas plenamente su estabilidad en el corto plazo.

La discusión, entonces, no debería girar en torno a si se apoya o no a los combustibles fósiles, sino a bajo qué lógica se hace y por cuánto tiempo. Pretender que el sistema puede reorganizarse de un día para otro no es realista, pero seguir reaccionando sin un rumbo claro tampoco lo es.

Porque al final, la transición energética no se mide por lo que se anuncia en espacios como la conferencia de Santa Marta promovida por el presidente Petro, sino por la coherencia entre lo que se dice, lo que se financia y el orden en el que se hacen las cosas. Hoy, más que falta de ambición, lo que se evidencia es falta de alineación.

Colombia no tiene que elegir entre energías limpias y gas

Hay un falso dilema que se les está vendiendo a los colombianos, sobre todo en estos días de tensiones electorales: elegir entre transición energética y gas, como si fueran excluyentes.

Mientras la agenda política nos pone a apostar entre una u otra, la realidad del sistema eléctrico va por otro lado. No estamos frente a una elección sino ante un sistema complejo donde distintas tecnologías cumplen funciones distintas y necesarias.

Hoy, por ejemplo, cerca del 65% – 70% de la energía que consumimos proviene de fuentes hidráulicas. Eso ha sido una ventaja histórica, pero también una vulnerabilidad. Cada vez que aparece un fenómeno como El Niño, los niveles de los embalses bajan y el sistema entra en tensión.

Ahí es donde el gas deja de ser un actor secundario y se vuelve crítico. Es la fuente que permite responder cuando el agua no alcanza, la que sostiene la confiabilidad del sistema en momentos de estrés.

Al mismo tiempo, Colombia ha venido avanzando en la incorporación de energías renovables no convencionales como la solar y la eólica. Pero estas, por su naturaleza, no generan de forma constante: dependen del sol, del viento, de condiciones que no siempre están bajo control. 

En 2025, por primera vez en la historia, produjimos más energía proveniente del sol que del carbón, y es un hito para celebrar la transición, pero pero no cambia una realidad clave: esa energía sigue siendo intermitente y necesita respaldo para garantizar continuidad en el suministro. Sin esa complementariedad, el avance en renovables no se traduce automáticamente en confiabilidad para el sistema.

Por eso, más que competir, estas fuentes se necesitan entre sí. Sin embargo, la conversación pública ha simplificado este panorama a tal punto que pareciera que el país tuviera que escoger entre unas u otras. Y ahí empieza el problema, porque simplificar un sistema complejo nos lleva a tomar malas decisiones. En realidad, no existe ese supuesto dilema entre energías “limpias” y “sucias”. El gas no es la contraparte de las renovables: es, en muchos casos, lo que permite que funcionen sin poner en riesgo la confiabilidad. Plantearlo como una oposición no solo confunde, sino que desvía la discusión de donde debería estar.

Colombia hoy produce alrededor de 795 millones de pies cúbicos diarios de gas natural, pero consume más que eso. La diferencia se está cubriendo con importaciones, que ya representan cerca del 21% del consumo. Es decir, mientras el debate gira en torno a si el gas debe o no estar en la ecuación, la realidad es que ya lo necesitamos más de lo que producimos.

Durante el fenómeno de El Niño más reciente, cerca del 30% de la energía del país se generó con gas. Esa cifra, por sí sola, debería bastar para entender su papel en la confiabilidad del sistema.

El punto de fondo no es técnico sino comunicativo. Estamos explicando la transición energética como si fuera un reemplazo inmediato, como si una fuente tuviera que desaparecer para que otra exista. Eso no solo es impreciso, sino irresponsable.

No podemos perder de vista cómo funciona realmente el sistema, o si no le abriremos la puerta a decisiones que pueden afectar la confiabilidad y encarecer la energía. Peor aún, generaremos incentivos equivocados: industrias que migran a energéticos más contaminantes porque el gas pierde competitividad, retrocediendo silenciosamente en los objetivos de descarbonización.

La transición energética no es una carrera de sustitución. En todo caso, sería una maratón larguísima de coexistencia, y entender eso no es un detalle menor, es la diferencia entre una transición ordenada y una que genere incertidumbre, costos más altos y pérdida de confianza. No tenemos que elegir entre energías limpias y gas, más bien aprender a integrarlas. 

El Niño llegará en plena tormenta energética colombiana

Colombia se está preparando para El Niño como si fuera un problema climático. No lo es del todo. Es, sobre todo, un problema energético y económico, y está llegando en el peor momento posible.

El Gobierno Nacional advirtió que hay un 90% de probabilidad de que el fenómeno de El Niño llegue al país en septiembre de 2026. La noticia ha sido presentada como lo que, en apariencia, es: una alerta climática. La ministra (e) Irene Vélez mencionó sequías, aumento de temperaturas, incendios forestales y estrés hídrico. Todo eso es cierto, pero incompleto.

En un país como Colombia, donde alrededor del 70% de la electricidad depende del agua, El Niño no es solo un evento ambiental. Es principalmente una señal energética, y más aún, una señal económica.

Cada episodio de El Niño reduce los niveles de los embalses, limita la capacidad de generación hidroeléctrica y obliga al sistema a recurrir a plantas térmicas, que son más costosas. Esa transición silenciosa (de agua a combustibles fósiles) no solo cambia la forma en que se produce la energía (ya hablaré en otra oportunidad sobre eso) sino cuánto cuesta. Y ese costo, inevitablemente, termina trasladándose a hogares, empresas y al propio Estado.

Además, hay un agravante: el país no cuenta con el mismo respaldo energético de hace una década. La caída en la producción local ha obligado a recurrir a gas natural licuado (GNL), a precios internacionales y en condiciones más volátiles.

La diferencia no es menor. Según cifras de la Bolsa Mercantil de Colombia, el precio del gas pasó de un promedio de US$4,6 por millón de BTU en 2022 a cerca de US$10 en 2024. El gas importado, por su parte, se ha movido en rangos entre US$14,6 y US$18,3 por millón de BTU. Es decir, justo cuando el sistema más necesita respaldo térmico, ese respaldo no solo es más costoso, sino también más dependiente de mercados externos.

Para colmo, el país está viendo una caída significativa en su sector minero. La producción de carbón, uno de los principales productos de exportación, ha disminuido de forma importante, en un contexto de menor inversión, mayores cargas tributarias e incertidumbre regulatoria. En 2025, el sector registró su peor desempeño en dos décadas, con una caída relevante en inversión y exportaciones.

Esto no es un dato aislado. Es parte de una ecuación más amplia: Colombia está perdiendo capacidad de generación de ingresos por recursos energéticos al mismo tiempo que enfrenta un sistema más costoso de sostener.

Y sin embargo, esa historia no se está contando completa. El Niño se comunica como un hecho climático. El gas importado se discute como tema técnico. La caída de la minería se trata como noticia sectorial. Necesitamos conectar los puntos, porque cuando los riesgos se comunican de forma fragmentada, el país se prepara a medias.

El riesgo no es que llegue El Niño. El riesgo es que llegue en un país que no ha entendido ni explicado la magnitud del problema energético que enfrenta.

Del entusiasmo verde al realismo energético

Durante la última década, la conversación global sobre energía estuvo dominada por una narrativa clara: la transición hacia fuentes limpias no solo era necesaria, sino inevitable. Gobiernos, empresas y ciudadanos parecían alinearse, al menos en el discurso, en torno a un futuro impulsado por energías renovables. Sin embargo, los datos más recientes sugieren que algo está cambiando, y no es un cambio menor.

Un nuevo estudio del Pew Research Center, publicado el pasado 3 de abril de 2026, revela una transformación silenciosa pero profunda en la percepción de los estadounidenses sobre la energía. Aunque el respaldo a fuentes como la solar y la eólica sigue siendo mayoritario, ha disminuido de forma sostenida en los últimos años. Al mismo tiempo, aumenta el apoyo a los combustibles fósiles y crece, de manera significativa, el interés por la energía nuclear.

A primera vista, esto podría interpretarse como un retroceso en la agenda climática. Pero esa lectura sería superficial. Lo que estamos viendo no es un abandono de la preocupación ambiental, sino una reconfiguración de prioridades. En un contexto de tensiones geopolíticas, inflación energética y volatilidad en los mercados, la ciudadanía está empezando a privilegiar variables como el costo inmediato, la confiabilidad del suministro y la seguridad energética.

En otras palabras, la discusión dejó de ser exclusivamente moral (salvar el planeta) para convertirse también en una discusión práctica: ¿qué energía funciona, cuánto cuesta y qué tan segura es?

Este giro tiene implicaciones profundas. Por un lado, obliga a replantear la forma en que se comunica la transición energética. Durante años, el énfasis estuvo puesto en los beneficios ambientales y en la urgencia climática. Hoy, ese mensaje, aunque necesario, resulta insuficiente. Las audiencias exigen respuestas más concretas sobre tarifas, estabilidad del sistema y resiliencia frente a crisis externas.

Por otro lado, este cambio abre espacio para fuentes que antes ocupaban un lugar marginal en la conversación pública. La energía nuclear, por ejemplo, empieza a consolidarse como una alternativa atractiva en tanto combina bajas emisiones con alta confiabilidad. Su creciente aceptación bipartidista en Estados Unidos no es casual: responde a la necesidad de encontrar un punto de equilibrio entre sostenibilidad y seguridad.

También evidencia una polarización política más marcada. Mientras los sectores progresistas mantienen un respaldo sólido a las energías renovables, los sectores conservadores han girado con fuerza hacia los combustibles fósiles. Este desbalance no solo refleja diferencias ideológicas, sino también percepciones divergentes sobre riesgo, costo y soberanía energética.

Para América Latina, y particularmente para países como Colombia, estas señales no son irrelevantes. En economías donde la transición energética aún está en construcción, ignorar esta evolución en la opinión pública global puede llevar a errores estratégicos. No basta con diseñar políticas técnicamente sólidas; es indispensable construir narrativas que conecten con las preocupaciones reales de la ciudadanía.

El desafío, entonces, no es abandonar la transición, sino hacerla políticamente viable y socialmente sostenible. Eso implica reconocer que la energía no es solo un asunto ambiental, sino también económico, geopolítico y, sobre todo, profundamente humano.

Quizás estamos entrando en una nueva etapa: la del realismo energético. Una etapa en la que las decisiones no se toman únicamente en función de ideales, sino también de restricciones. Y en la que el éxito de la transición dependerá menos de la ambición de sus metas y más de la credibilidad de sus soluciones.

¿Sabe qué significa “transición energética” en Colombia?

Pocas expresiones se repiten hoy con tanta frecuencia en el debate energético como “transición energética”. Sin embargo, también es una de las menos definidas.

Dependiendo de quién la diga, puede significar entre abandonar los combustibles fósiles, electrificar la economía, reducir emisiones de carbono o diversificar la matriz energética. En algunos casos, incluso se usa para referirse a todas estas cosas al mismo tiempo, con distintos grados de urgencia. 

¿Sabemos entonces de qué estamos hablando cuando hablamos de transición energética en Colombia?

Digamos que la transición energética se refiere, en su forma más simple, al proceso mediante el cual un país cambia la forma en que produce, transporta y consume energía para reducir su impacto ambiental. En nuestro caso, la transición en Colombia suele asociarse principalmente con la expansión de energías renovables como la solar y la eólica, la electrificación de algunos sectores de la economía, y la reducción gradual de la dependencia de combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas).

Ahora bien: parte del problema de definición de este término empieza porque la conversación ocurre en círculos muy especializados: ingenieros, economistas, reguladores y expertos que discuten con frecuencia sobre matrices energéticas, emisiones o tecnologías emergentes. Rara vez se traducen esos términos en un lenguaje que resulte claro y práctico para la mayoría de los colombianos, lo que termina siendo entonces no solo un desafío tecnológico sino también de comunicación pública.

Y entender el tema de la energía es crucial: cuando los conceptos clave de una transformación tan ambiciosa no están claros, el debate público se vuelve confuso. Y de esa confusión se aprovechan otros actores para promover agendas propias. Termina entonces el ciudadano común, o bien rechazando de tajo lo que no entiende, o simplemente ignorando un tema que no percibe propio ni que le atañe.

La transición energética en Colombia implica mucho más que construir nuevas tecnologías o modificar marcos regulatorios. Implica también construir una conversación pública capaz de explicar qué está cambiando, por qué y para qué. 

Obviamente esto no quiere decir que la sociedad deba convertirse en experta en ingeniería energética. Pero sí significa que cualquier transformación de esta magnitud requiere un lenguaje más claro, más accesible y más conectado con la vida cotidiana de los colombianos.

Transición energética vs agregación energética: el problema no es técnico, es narrativo

Me encontré una campaña reciente en redes sociales que propone algo interesante: dejar de hablar de “transición energética” en Colombia y empezar a hablar de “agregación energética”.

La idea, según entiendo, es que en Colombia no podemos “transicionar” porque eso pondría en riesgo nuestra seguridad energética. Que la transición suena a reemplazar unas fuentes por otras, a depender de una sola matriz. Y que lo correcto sería “agregar”, es decir, sumar, complementar, diversificar.

Más allá de si eso es técnicamente correcto o no, lo que a mí me interesa es otra cosa: ¿qué pasa cuando intentamos cambiar un término que ya está completamente posicionado en el mundo?

La transición energética no es un invento local ni un eslogan ideológico colombiano. Es el marco bajo el cual están operando economías como Alemania, China o Estados Unidos. Es el lenguaje que usan los mercados, los multilaterales, los inversionistas. Es el término que organiza la conversación global.

Intentar reemplazarlo aquí no es un simple ajuste semántico. Es jugar en un campo semántico distinto cuando el partido ya se está jugando en otro. Y vamos perdiendo.

Y ese movimiento, comunicacionalmente, tiene un problema: no cambia el marco mental de quienes piensan diferente. No persuade a los críticos. No reconfigura la conversación internacional. Lo que hace, en la práctica, es reforzar la idea entre los ya convencidos. Entre los adeptos. Y eso, siendo honestos, es innecesario e ineficiente.

La transición energética en Colombia no significa apagar la minería mañana. No significa cerrar la industria. No significa desconocer que hoy dependemos de ciertas fuentes. Significa mirar al horizonte y establecer metas. Significa planear.

Entiendo que para algunos gremios la palabra “transición energética” se haya cargado de ideología. Es cierto: algunos sectores en Colombia la han usado como bandera política. Pero que un término se ideologice en el debate público no significa que su arquitectura conceptual esté capturada por esa ideología.

Colombia podrá no ser el mayor productor de CO2 del mundo, pero sí sufre las consecuencias del cambio climático. Y lo vemos en las inundaciones en el departamento de Córdoba; en poblaciones campesinas del Magdalena; en comunidades que no participan del debate semántico pero sí sienten el impacto cada temporada de lluvias.

Las empresas deben proteger sus intereses y comunicar desde su realidad productiva. La seguridad energética colombiana es un asunto serio. Pero quizá el desafío no sea reemplazar el lenguaje global, sino aprender a habitarlo con inteligencia.

La transición energética no es, por definición, un ataque a la minería. Es un horizonte de transformación. Y los sectores productivos que entiendan cómo posicionarse dentro de ese horizonte (sin negarlo ni diluirlo) serán los que logren mayor legitimidad en el largo plazo.

Tal vez no se trata de cambiar la palabra, sino de cambiar la forma en que la contamos, y ahí es donde, más que nuevos términos, lo que necesitamos es mejor estrategia.

Es en esto en lo que más fallan los CEO al comunicar sostenibilidad

Muchos CEO creen que el problema es que la gente no entiende la sostenibilidad. Pero casi nunca es eso, sino cómo la comunican.

He visto presentaciones impecables. Reportes de sostenibilidad llenos de cifras. Gráficas elegantes. Metas 2030, 2040, 2050. Y, aun así, el mensaje no conecta. ¿Por qué? Porque están cometiendo tres errores muy comunes.

1. Confunden datos con credibilidad

Reducimos X toneladas de CO2. Invertimos X millones. Somos líderes en transición energética.

Todo suena impresionante, pero la confianza no nace de una cifra. Nace de la coherencia. Si el mensaje parece una lista de logros, la audiencia lo percibe como autopromoción. Y cuando algo suena a autopromoción, se activa el escepticismo. Más números no siempre significan más confianza.

2. Hablan de la empresa, no del impacto

La mayoría de los mensajes están escritos desde el “nosotros”. Por ejemplo:

“Hicimos”, “implementamos”, o “lideramos”.

Pero casi nadie responde la pregunta clave: ¿Y esto qué cambia para los demás?

La sostenibilidad no debería comunicarse como un trofeo corporativo.

3. Creen que todas sus audiencias quieren escuchar lo mismo

El inversionista quiere gestión de riesgos
La comunidad quiere calidad de vida
El trabajador y su familia quieren estabilidad
El gobierno quiere generación de empleo

Y, sin embargo, muchos CEO usan el mismo discurso para todos.

Decir que se redujeron X toneladas de CO₂ puede funcionar en un informe anual, pero para una comunidad, lo importante no es la tonelada, sino: ¿Habrá menos contaminación? ¿Menos riesgo? ¿Más estabilidad?

Segmentar el mensaje no es manipular. Es entender que cada audiencia escucha desde sus propias preocupaciones.

No es que las empresas no hagan su trabajo, es que no lo saben comunicar. Visita mi espacio de opinión en www.eluniversal.com para aprender sobre comunicación para el cambio climático y transición energética.

La transición energética no fracasa por falta de tecnología, sino por falta de narrativa

Cada vez que hablamos de cambio climático o transición energética, asumimos que el problema es puramente técnico: necesitamos más energías renovables, más inversión, más regulación, más innovación. Y sí, es cierto. Pero hay algo que rara vez se discute con la misma seriedad: la forma en que hablamos de estos procesos puede acelerar o frenar su avance.

La transición energética no ocurre en el vacío. Pasa en la opinión pública, en Facebook, en las conversaciones familiares, en debates políticos, en titulares de prensa y en reportes de sostenibilidad del sector privado. Y en ese terreno, las palabras importan.

No es lo mismo hablar de “crisis climática” que de “variabilidad climática”. Por ahí leí a un CEO en Colombia decir que reemplacemos “transición energética” por “agregación energética”. Esa elección de palabras no es menor. Igual de cierto que no es lo mismo referirse a los combustibles fósiles como “energía sucia” que como “energía tradicional en transformación”. Cada adjetivo activa marcos mentales distintos. Cada metáfora construye una realidad diferente.

Cuando describimos la transición energética como una “guerra contra el petróleo”, estamos invitando a la confrontación. Cuando la presentamos como una “evolución del sistema energético”, abrimos espacio para la adaptación. Las metáforas no son adornos literarios: son atajos cognitivos que moldean cómo entendemos el mundo.

En América Latina, donde buena parte de las economías depende del sector energético, el lenguaje no es un detalle cualquiera. Si la transición se comunica como castigo, genera resistencia. Si se comunica como proceso gradual y estratégico, genera negociación. Si se comunica como amenaza al empleo, despierta miedo. Si se comunica como reconversión productiva, abre posibilidad.

Las políticas públicas pueden diseñarse con precisión técnica impecable. Pero si la narrativa que las acompaña genera desconfianza, el costo político se multiplica. La legitimidad social no se construye solo con cifras; se construye con sentido.

Por eso, la forma en que comunicamos el cambio climático importa —y mucho. No porque reemplace las acciones, sino porque define el terreno sobre el cual esas acciones serán aceptadas, debatidas o bloqueadas.

La transición energética no es únicamente un desafío tecnológico. Es, ante todo, un desafío narrativo.

Y mientras no entendamos eso, seguiremos preguntándonos por qué, teniendo las soluciones técnicas, el cambio avanza más lento de lo esperado.

El invierno extremo no desmiente el cambio climático

Cada vez que un invierno fuerte golpea alguna región del mundo, reaparece la misma pregunta, casi siempre con tono de burla: si hace tanto frío, ¿dónde está el cambio climático?

La pregunta no es nueva ni malintencionada en sí misma. De hecho, es comprensible. Durante años se nos dijo que el planeta se estaba volviendo una caldera, y el frío extremo parece contradecir esa idea. 

Hoy los medios en Estados Unidos hablan de la llegada de un frente frío que traerá nevadas intensas, incluso con la amenaza de ligeras nevadas en el Estado del Sol (Florida) donde el frío extremo no suele hacer parte del paisaje. Cada vez que pasa algo así, reaparece la misma idea negacionista.

Es importante que sepamos, aquí en Colombia o en cualquier otro lugar, que un episodio de frío severo no contradice la realidad del cambio climático. Al contrario, está conectado con ella. El cambio climático afecta con mayor intensidad al Ártico, una región clave para el equilibrio del clima. Al reducirse el contraste de temperaturas entre el polo y las latitudes medias, las grandes corrientes de aire que suelen mantener el frío “encerrado” se vuelven más inestables. Cuando eso ocurre, masas de aire polar pueden desplazarse hacia zonas donde antes eran poco frecuentes, llevando frío extremo a lugares que no están acostumbrados a él.

Lo complejo no es la física del fenómeno, sino la conversación pública que se construye alrededor de él. Negar un problema tan grave como el cambio climático con un post de Instagram de una nevada es una simplificación que confunde más de lo que aclara. No entender el problema o no quererlo entender nos está costando nuestro futuro. 

Entonces podemos decir que los frentes fríos no solamente traen nieve y ventiscas, sino exceso de negacionismo. El clima no funciona por creencias ni por afinidades políticas. Funciona por leyes físicas. Convertirlo en motivo de burla o negación no solo desinforma: erosiona la confianza en la evidencia y empobrece el debate.

De hecho, la pregunta relevante no es por qué hay nevadas tan duras si todos dicen que el planeta se vuelve más caliente con los años. Lo que debemos preguntarnos es si estamos preparados para entender y gestionar un sistema climático cada vez más extremo, errático e impredecible. Y esa conversación pierde sentido cuando se reduce a consignas, incluso cuando mandatarios y líderes mundiales optan por cuestionar o ridiculizar una realidad ampliamente documentada.

Este invierno pasará. Lo que queda por ver es si la discusión pública logra madurar lo suficiente como para dejar de ser ideológica y empezar a ser responsable.