Del entusiasmo verde al realismo energético

Durante la última década, la conversación global sobre energía estuvo dominada por una narrativa clara: la transición hacia fuentes limpias no solo era necesaria, sino inevitable. Gobiernos, empresas y ciudadanos parecían alinearse, al menos en el discurso, en torno a un futuro impulsado por energías renovables. Sin embargo, los datos más recientes sugieren que algo está cambiando, y no es un cambio menor.

Un nuevo estudio del Pew Research Center, publicado el pasado 3 de abril de 2026, revela una transformación silenciosa pero profunda en la percepción de los estadounidenses sobre la energía. Aunque el respaldo a fuentes como la solar y la eólica sigue siendo mayoritario, ha disminuido de forma sostenida en los últimos años. Al mismo tiempo, aumenta el apoyo a los combustibles fósiles y crece, de manera significativa, el interés por la energía nuclear.

A primera vista, esto podría interpretarse como un retroceso en la agenda climática. Pero esa lectura sería superficial. Lo que estamos viendo no es un abandono de la preocupación ambiental, sino una reconfiguración de prioridades. En un contexto de tensiones geopolíticas, inflación energética y volatilidad en los mercados, la ciudadanía está empezando a privilegiar variables como el costo inmediato, la confiabilidad del suministro y la seguridad energética.

En otras palabras, la discusión dejó de ser exclusivamente moral (salvar el planeta) para convertirse también en una discusión práctica: ¿qué energía funciona, cuánto cuesta y qué tan segura es?

Este giro tiene implicaciones profundas. Por un lado, obliga a replantear la forma en que se comunica la transición energética. Durante años, el énfasis estuvo puesto en los beneficios ambientales y en la urgencia climática. Hoy, ese mensaje, aunque necesario, resulta insuficiente. Las audiencias exigen respuestas más concretas sobre tarifas, estabilidad del sistema y resiliencia frente a crisis externas.

Por otro lado, este cambio abre espacio para fuentes que antes ocupaban un lugar marginal en la conversación pública. La energía nuclear, por ejemplo, empieza a consolidarse como una alternativa atractiva en tanto combina bajas emisiones con alta confiabilidad. Su creciente aceptación bipartidista en Estados Unidos no es casual: responde a la necesidad de encontrar un punto de equilibrio entre sostenibilidad y seguridad.

También evidencia una polarización política más marcada. Mientras los sectores progresistas mantienen un respaldo sólido a las energías renovables, los sectores conservadores han girado con fuerza hacia los combustibles fósiles. Este desbalance no solo refleja diferencias ideológicas, sino también percepciones divergentes sobre riesgo, costo y soberanía energética.

Para América Latina, y particularmente para países como Colombia, estas señales no son irrelevantes. En economías donde la transición energética aún está en construcción, ignorar esta evolución en la opinión pública global puede llevar a errores estratégicos. No basta con diseñar políticas técnicamente sólidas; es indispensable construir narrativas que conecten con las preocupaciones reales de la ciudadanía.

El desafío, entonces, no es abandonar la transición, sino hacerla políticamente viable y socialmente sostenible. Eso implica reconocer que la energía no es solo un asunto ambiental, sino también económico, geopolítico y, sobre todo, profundamente humano.

Quizás estamos entrando en una nueva etapa: la del realismo energético. Una etapa en la que las decisiones no se toman únicamente en función de ideales, sino también de restricciones. Y en la que el éxito de la transición dependerá menos de la ambición de sus metas y más de la credibilidad de sus soluciones.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *