¿Sabe qué significa «transición energética» en Colombia?

Pocas expresiones se repiten hoy con tanta frecuencia en el debate energético como “transición energética”. Sin embargo, también es una de las menos definidas.

Dependiendo de quién la diga, puede significar entre abandonar los combustibles fósiles, electrificar la economía, reducir emisiones de carbono o diversificar la matriz energética. En algunos casos, incluso se usa para referirse a todas estas cosas al mismo tiempo, con distintos grados de urgencia. 

¿Sabemos entonces de qué estamos hablando cuando hablamos de transición energética en Colombia?

Digamos que la transición energética se refiere, en su forma más simple, al proceso mediante el cual un país cambia la forma en que produce, transporta y consume energía para reducir su impacto ambiental. En nuestro caso, la transición en Colombia suele asociarse principalmente con la expansión de energías renovables como la solar y la eólica, la electrificación de algunos sectores de la economía, y la reducción gradual de la dependencia de combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas).

Ahora bien: parte del problema de definición de este término empieza porque la conversación ocurre en círculos muy especializados: ingenieros, economistas, reguladores y expertos que discuten con frecuencia sobre matrices energéticas, emisiones o tecnologías emergentes. Rara vez se traducen esos términos en un lenguaje que resulte claro y práctico para la mayoría de los colombianos, lo que termina siendo entonces no solo un desafío tecnológico sino también de comunicación pública.

Y entender el tema de la energía es crucial: cuando los conceptos clave de una transformación tan ambiciosa no están claros, el debate público se vuelve confuso. Y de esa confusión se aprovechan otros actores para promover agendas propias. Termina entonces el ciudadano común, o bien rechazando de tajo lo que no entiende, o simplemente ignorando un tema que no percibe propio ni que le atañe.

La transición energética en Colombia implica mucho más que construir nuevas tecnologías o modificar marcos regulatorios. Implica también construir una conversación pública capaz de explicar qué está cambiando, por qué y para qué. 

Obviamente esto no quiere decir que la sociedad deba convertirse en experta en ingeniería energética. Pero sí significa que cualquier transformación de esta magnitud requiere un lenguaje más claro, más accesible y más conectado con la vida cotidiana de los colombianos.

La transición energética no fracasa por falta de tecnología, sino por falta de narrativa

Cada vez que hablamos de cambio climático o transición energética, asumimos que el problema es puramente técnico: necesitamos más energías renovables, más inversión, más regulación, más innovación. Y sí, es cierto. Pero hay algo que rara vez se discute con la misma seriedad: la forma en que hablamos de estos procesos puede acelerar o frenar su avance.

La transición energética no ocurre en el vacío. Pasa en la opinión pública, en Facebook, en las conversaciones familiares, en debates políticos, en titulares de prensa y en reportes de sostenibilidad del sector privado. Y en ese terreno, las palabras importan.

No es lo mismo hablar de “crisis climática” que de “variabilidad climática”. Por ahí leí a un CEO en Colombia decir que reemplacemos «transición energética» por «agregación energética». Esa elección de palabras no es menor. Igual de cierto que no es lo mismo referirse a los combustibles fósiles como “energía sucia” que como “energía tradicional en transformación”. Cada adjetivo activa marcos mentales distintos. Cada metáfora construye una realidad diferente.

Cuando describimos la transición energética como una “guerra contra el petróleo”, estamos invitando a la confrontación. Cuando la presentamos como una “evolución del sistema energético”, abrimos espacio para la adaptación. Las metáforas no son adornos literarios: son atajos cognitivos que moldean cómo entendemos el mundo.

En América Latina, donde buena parte de las economías depende del sector energético, el lenguaje no es un detalle cualquiera. Si la transición se comunica como castigo, genera resistencia. Si se comunica como proceso gradual y estratégico, genera negociación. Si se comunica como amenaza al empleo, despierta miedo. Si se comunica como reconversión productiva, abre posibilidad.

Las políticas públicas pueden diseñarse con precisión técnica impecable. Pero si la narrativa que las acompaña genera desconfianza, el costo político se multiplica. La legitimidad social no se construye solo con cifras; se construye con sentido.

Por eso, la forma en que comunicamos el cambio climático importa —y mucho. No porque reemplace las acciones, sino porque define el terreno sobre el cual esas acciones serán aceptadas, debatidas o bloqueadas.

La transición energética no es únicamente un desafío tecnológico. Es, ante todo, un desafío narrativo.

Y mientras no entendamos eso, seguiremos preguntándonos por qué, teniendo las soluciones técnicas, el cambio avanza más lento de lo esperado.