El Niño llegará en plena tormenta energética colombiana

Colombia se está preparando para El Niño como si fuera un problema climático. No lo es del todo. Es, sobre todo, un problema energético y económico, y está llegando en el peor momento posible.

El Gobierno Nacional advirtió que hay un 90% de probabilidad de que el fenómeno de El Niño llegue al país en septiembre de 2026. La noticia ha sido presentada como lo que, en apariencia, es: una alerta climática. La ministra (e) Irene Vélez mencionó sequías, aumento de temperaturas, incendios forestales y estrés hídrico. Todo eso es cierto, pero incompleto.

En un país como Colombia, donde alrededor del 70% de la electricidad depende del agua, El Niño no es solo un evento ambiental. Es principalmente una señal energética, y más aún, una señal económica.

Cada episodio de El Niño reduce los niveles de los embalses, limita la capacidad de generación hidroeléctrica y obliga al sistema a recurrir a plantas térmicas, que son más costosas. Esa transición silenciosa (de agua a combustibles fósiles) no solo cambia la forma en que se produce la energía (ya hablaré en otra oportunidad sobre eso) sino cuánto cuesta. Y ese costo, inevitablemente, termina trasladándose a hogares, empresas y al propio Estado.

Además, hay un agravante: el país no cuenta con el mismo respaldo energético de hace una década. La caída en la producción local ha obligado a recurrir a gas natural licuado (GNL), a precios internacionales y en condiciones más volátiles.

La diferencia no es menor. Según cifras de la Bolsa Mercantil de Colombia, el precio del gas pasó de un promedio de US$4,6 por millón de BTU en 2022 a cerca de US$10 en 2024. El gas importado, por su parte, se ha movido en rangos entre US$14,6 y US$18,3 por millón de BTU. Es decir, justo cuando el sistema más necesita respaldo térmico, ese respaldo no solo es más costoso, sino también más dependiente de mercados externos.

Para colmo, el país está viendo una caída significativa en su sector minero. La producción de carbón, uno de los principales productos de exportación, ha disminuido de forma importante, en un contexto de menor inversión, mayores cargas tributarias e incertidumbre regulatoria. En 2025, el sector registró su peor desempeño en dos décadas, con una caída relevante en inversión y exportaciones.

Esto no es un dato aislado. Es parte de una ecuación más amplia: Colombia está perdiendo capacidad de generación de ingresos por recursos energéticos al mismo tiempo que enfrenta un sistema más costoso de sostener.

Y sin embargo, esa historia no se está contando completa. El Niño se comunica como un hecho climático. El gas importado se discute como tema técnico. La caída de la minería se trata como noticia sectorial. Necesitamos conectar los puntos, porque cuando los riesgos se comunican de forma fragmentada, el país se prepara a medias.

El riesgo no es que llegue El Niño. El riesgo es que llegue en un país que no ha entendido ni explicado la magnitud del problema energético que enfrenta.

Transición energética vs agregación energética: el problema no es técnico, es narrativo

Me encontré una campaña reciente en redes sociales que propone algo interesante: dejar de hablar de “transición energética” en Colombia y empezar a hablar de “agregación energética”.

La idea, según entiendo, es que en Colombia no podemos “transicionar” porque eso pondría en riesgo nuestra seguridad energética. Que la transición suena a reemplazar unas fuentes por otras, a depender de una sola matriz. Y que lo correcto sería “agregar”, es decir, sumar, complementar, diversificar.

Más allá de si eso es técnicamente correcto o no, lo que a mí me interesa es otra cosa: ¿qué pasa cuando intentamos cambiar un término que ya está completamente posicionado en el mundo?

La transición energética no es un invento local ni un eslogan ideológico colombiano. Es el marco bajo el cual están operando economías como Alemania, China o Estados Unidos. Es el lenguaje que usan los mercados, los multilaterales, los inversionistas. Es el término que organiza la conversación global.

Intentar reemplazarlo aquí no es un simple ajuste semántico. Es jugar en un campo semántico distinto cuando el partido ya se está jugando en otro. Y vamos perdiendo.

Y ese movimiento, comunicacionalmente, tiene un problema: no cambia el marco mental de quienes piensan diferente. No persuade a los críticos. No reconfigura la conversación internacional. Lo que hace, en la práctica, es reforzar la idea entre los ya convencidos. Entre los adeptos. Y eso, siendo honestos, es innecesario e ineficiente.

La transición energética en Colombia no significa apagar la minería mañana. No significa cerrar la industria. No significa desconocer que hoy dependemos de ciertas fuentes. Significa mirar al horizonte y establecer metas. Significa planear.

Entiendo que para algunos gremios la palabra “transición energética” se haya cargado de ideología. Es cierto: algunos sectores en Colombia la han usado como bandera política. Pero que un término se ideologice en el debate público no significa que su arquitectura conceptual esté capturada por esa ideología.

Colombia podrá no ser el mayor productor de CO2 del mundo, pero sí sufre las consecuencias del cambio climático. Y lo vemos en las inundaciones en el departamento de Córdoba; en poblaciones campesinas del Magdalena; en comunidades que no participan del debate semántico pero sí sienten el impacto cada temporada de lluvias.

Las empresas deben proteger sus intereses y comunicar desde su realidad productiva. La seguridad energética colombiana es un asunto serio. Pero quizá el desafío no sea reemplazar el lenguaje global, sino aprender a habitarlo con inteligencia.

La transición energética no es, por definición, un ataque a la minería. Es un horizonte de transformación. Y los sectores productivos que entiendan cómo posicionarse dentro de ese horizonte (sin negarlo ni diluirlo) serán los que logren mayor legitimidad en el largo plazo.

Tal vez no se trata de cambiar la palabra, sino de cambiar la forma en que la contamos, y ahí es donde, más que nuevos términos, lo que necesitamos es mejor estrategia.

La transición energética no fracasa por falta de tecnología, sino por falta de narrativa

Cada vez que hablamos de cambio climático o transición energética, asumimos que el problema es puramente técnico: necesitamos más energías renovables, más inversión, más regulación, más innovación. Y sí, es cierto. Pero hay algo que rara vez se discute con la misma seriedad: la forma en que hablamos de estos procesos puede acelerar o frenar su avance.

La transición energética no ocurre en el vacío. Pasa en la opinión pública, en Facebook, en las conversaciones familiares, en debates políticos, en titulares de prensa y en reportes de sostenibilidad del sector privado. Y en ese terreno, las palabras importan.

No es lo mismo hablar de “crisis climática” que de “variabilidad climática”. Por ahí leí a un CEO en Colombia decir que reemplacemos “transición energética” por “agregación energética”. Esa elección de palabras no es menor. Igual de cierto que no es lo mismo referirse a los combustibles fósiles como “energía sucia” que como “energía tradicional en transformación”. Cada adjetivo activa marcos mentales distintos. Cada metáfora construye una realidad diferente.

Cuando describimos la transición energética como una “guerra contra el petróleo”, estamos invitando a la confrontación. Cuando la presentamos como una “evolución del sistema energético”, abrimos espacio para la adaptación. Las metáforas no son adornos literarios: son atajos cognitivos que moldean cómo entendemos el mundo.

En América Latina, donde buena parte de las economías depende del sector energético, el lenguaje no es un detalle cualquiera. Si la transición se comunica como castigo, genera resistencia. Si se comunica como proceso gradual y estratégico, genera negociación. Si se comunica como amenaza al empleo, despierta miedo. Si se comunica como reconversión productiva, abre posibilidad.

Las políticas públicas pueden diseñarse con precisión técnica impecable. Pero si la narrativa que las acompaña genera desconfianza, el costo político se multiplica. La legitimidad social no se construye solo con cifras; se construye con sentido.

Por eso, la forma en que comunicamos el cambio climático importa —y mucho. No porque reemplace las acciones, sino porque define el terreno sobre el cual esas acciones serán aceptadas, debatidas o bloqueadas.

La transición energética no es únicamente un desafío tecnológico. Es, ante todo, un desafío narrativo.

Y mientras no entendamos eso, seguiremos preguntándonos por qué, teniendo las soluciones técnicas, el cambio avanza más lento de lo esperado.