La transición energética no fracasa por falta de tecnología, sino por falta de narrativa

Cada vez que hablamos de cambio climático o transición energética, asumimos que el problema es puramente técnico: necesitamos más energías renovables, más inversión, más regulación, más innovación. Y sí, es cierto. Pero hay algo que rara vez se discute con la misma seriedad: la forma en que hablamos de estos procesos puede acelerar o frenar su avance.

La transición energética no ocurre en el vacío. Pasa en la opinión pública, en Facebook, en las conversaciones familiares, en debates políticos, en titulares de prensa y en reportes de sostenibilidad del sector privado. Y en ese terreno, las palabras importan.

No es lo mismo hablar de “crisis climática” que de “variabilidad climática”. Por ahí leí a un CEO en Colombia decir que reemplacemos “transición energética” por “agregación energética”. Esa elección de palabras no es menor. Igual de cierto que no es lo mismo referirse a los combustibles fósiles como “energía sucia” que como “energía tradicional en transformación”. Cada adjetivo activa marcos mentales distintos. Cada metáfora construye una realidad diferente.

Cuando describimos la transición energética como una “guerra contra el petróleo”, estamos invitando a la confrontación. Cuando la presentamos como una “evolución del sistema energético”, abrimos espacio para la adaptación. Las metáforas no son adornos literarios: son atajos cognitivos que moldean cómo entendemos el mundo.

En América Latina, donde buena parte de las economías depende del sector energético, el lenguaje no es un detalle cualquiera. Si la transición se comunica como castigo, genera resistencia. Si se comunica como proceso gradual y estratégico, genera negociación. Si se comunica como amenaza al empleo, despierta miedo. Si se comunica como reconversión productiva, abre posibilidad.

Las políticas públicas pueden diseñarse con precisión técnica impecable. Pero si la narrativa que las acompaña genera desconfianza, el costo político se multiplica. La legitimidad social no se construye solo con cifras; se construye con sentido.

Por eso, la forma en que comunicamos el cambio climático importa —y mucho. No porque reemplace las acciones, sino porque define el terreno sobre el cual esas acciones serán aceptadas, debatidas o bloqueadas.

La transición energética no es únicamente un desafío tecnológico. Es, ante todo, un desafío narrativo.

Y mientras no entendamos eso, seguiremos preguntándonos por qué, teniendo las soluciones técnicas, el cambio avanza más lento de lo esperado.

El invierno extremo no desmiente el cambio climático

Cada vez que un invierno fuerte golpea alguna región del mundo, reaparece la misma pregunta, casi siempre con tono de burla: si hace tanto frío, ¿dónde está el cambio climático?

La pregunta no es nueva ni malintencionada en sí misma. De hecho, es comprensible. Durante años se nos dijo que el planeta se estaba volviendo una caldera, y el frío extremo parece contradecir esa idea. 

Hoy los medios en Estados Unidos hablan de la llegada de un frente frío que traerá nevadas intensas, incluso con la amenaza de ligeras nevadas en el Estado del Sol (Florida) donde el frío extremo no suele hacer parte del paisaje. Cada vez que pasa algo así, reaparece la misma idea negacionista.

Es importante que sepamos, aquí en Colombia o en cualquier otro lugar, que un episodio de frío severo no contradice la realidad del cambio climático. Al contrario, está conectado con ella. El cambio climático afecta con mayor intensidad al Ártico, una región clave para el equilibrio del clima. Al reducirse el contraste de temperaturas entre el polo y las latitudes medias, las grandes corrientes de aire que suelen mantener el frío “encerrado” se vuelven más inestables. Cuando eso ocurre, masas de aire polar pueden desplazarse hacia zonas donde antes eran poco frecuentes, llevando frío extremo a lugares que no están acostumbrados a él.

Lo complejo no es la física del fenómeno, sino la conversación pública que se construye alrededor de él. Negar un problema tan grave como el cambio climático con un post de Instagram de una nevada es una simplificación que confunde más de lo que aclara. No entender el problema —o no quererlo entender— nos está costando nuestro futuro. 

Entonces podemos decir que los frentes fríos no solamente traen nieve y ventiscas, sino exceso de negacionismo. El clima no funciona por creencias ni por afinidades políticas. Funciona por leyes físicas. Convertirlo en motivo de burla o negación no solo desinforma: erosiona la confianza en la evidencia y empobrece el debate.

De hecho, la pregunta relevante no es por qué hay nevadas tan duras si todos dicen que el planeta se vuelve más caliente con los años. Lo que debemos preguntarnos es si estamos preparados para entender y gestionar un sistema climático cada vez más extremo, errático e impredecible. Y esa conversación pierde sentido cuando se reduce a consignas, incluso cuando mandatarios y líderes mundiales optan por cuestionar o ridiculizar una realidad ampliamente documentada.

Este invierno pasará. Lo que queda por ver es si la discusión pública logra madurar lo suficiente como para dejar de ser ideológica y empezar a ser responsable.